Las puertas de San Pedro | Poema

«Todos buscan el porqué en vez de considerar el qué; aspiran a lo lejano en vez de tomar lo cercano; se dirigen hacia fuera en todas direcciones en vez de ir hacia sí mismos, donde todo enigma se resuelve», Arthur Schopenhauer.

Era febrero y la capilla San Pedro abría sus puertas. Los habitantes avanzaban hacia el interior, a un abismo de aguas y sosiego. Me detuve a contemplarlos. Estaban tan hermosamente quietos que por un instante creí que el alma los había abandonado.

Desde la cúpula celeste los ángeles espiaban. Ninguno hablaba, nadie decía nada. En aquel sinsentido el silencio se rendía en las frías paredes y la ausencia de ciudad creció. ¡Ah!, los habitantes; viejos confesionarios sin habitación.

En el corazón de San Pedro, en un oscuro oratorio, falsas deidades yacían olvidadas. Sus celestes ojos se clavaban en las frentes y cada uno descargaba sus penas en una sepultura de sí mismos, hecha a la medida del dolor. Los vi traer ofrendas al Señor caído, dichosos de llamarse todos ellos luz del mundo, salado polvo, olvido y sin sabor de Dios.

Era febrero. Fuera de la capilla el mundo volvía a ser vulgar, agitado solamente por una nostalgia de la nostalgia que ya no era. Los habitantes permanecieron dentro y San Pedro cerró sus puertas.

Este poema hace parte de una colección de obras inéditas del autor y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.