Un día de carrusel en el norte de Cali | Crónica introspectiva

“Todo hijo cita a su padre en sus palabras y obras”, dijo Terri Guillemets. En mi caso, todo lo que puedo citar de mi padre es un silencio. Un silencio que se pronunció el día que mi esposa me dijo que posiblemente estaba embarazada.

—¿No te llegó el periodo? —pregunté.

—Nada que llega —dijo, incrédula.

—¿Hace cuánto te debió llegar?

—Unos dos días, más o menos.

Tenía una sombra de duda en la mirada.

—Seguro debe llegar de aquí a mañana.

Pero pasaron quince días y nunca llegó. Diana y yo nos hicimos a la idea de que lo más probable era que una criatura se estaba formando en su vientre.

Durante los días siguientes, pensamos en los posibles nombres para el bebé. Habíamos acordado previamente que, si era una niña, Diana le pondría el nombre. «¿Te gusta Anaid?», me dijo. El origen de ese nombre tan curioso como cómico: “Anaid”, según me explicó, es “Diana” escrito al revés. Yo, por mi parte, opté por un nombre que jugara bien con el apellido paterno: Cortés. Según Google —no tengo forma de averiguar el origen familiar—, el apellido proviene de la realeza española y portuguesa, y se deriva del cortê, que significa “gobernante de masas”.

«Siendo esa la tradición», le dije a mi esposa, «el pequeño debe llamarse Antonio, o Vicente, como mi poeta favorito; y que le digan “don” de jovencito». Ella frunció el ceño. Dudaba de llamar a un bebé como un anciano.

Pero no fue sino hasta que, una noche, mientras me encontraba en mi cuarto, esas ilusiones se esfumaron. Antes de acostarme a dormir, Diana gritó, desde el baño:

—¡Salió negativa!

Tardé unos minutos en comprender que se había comprado una prueba de embarazo express, de esas que confirman el embarazo con dos rayas rojas.

—Y, ¿todo bien? —le pregunté. No sabía qué más decirle.

—Sí, todo bien…

No pude ver su reacción, pero su voz denotaba un doble sentimiento de alivio y desesperanza. Alivio porque no esperábamos tener un bebé todavía, aunque no rechazábamos la idea. Y desesperanza porque este episodio ya había ocurrido antes.

De inmediato, le dije que todo iba a salir bien. No sé por qué se lo dije. Quizá, muy en el fondo, comprendía que uno de los anhelos de muchas mujeres es ser mamá. Yo mismo recuerdo la cara de felicidad de mi madre cuando quedó embarazada de mis hermanos. «¡Vas a tener una hermanita!», exclamó ella, después del primer embarazo; yo tenía unos ocho años. Todavía recuerdo el día que recibí a la pequeña en los brazos. Un poeta hebreo describió la alegría así: «He aquí, herencia de Dios son los hijos / Cosa de estima el fruto del vientre».

Nos acostamos a dormir, con la promesa de que, al día siguiente, Diana pediría una cita médica, para descartar algún tipo de complicación en su ciclo mensual. Sin embargo, lo que ella no supo fue que, esa noche, tardé varias horas en conciliar al sueño: el fantasma de mi padre hizo presencia.

Cuando era un niño, la figura de mi padre era una suerte de boceto que me trazaba un destino. A muy temprana edad comprendí que los hijos terminan adoptando las formas del futuro de sus padres, porque, quiéranlo o no, son una extensión de sus anhelos. Y uno corre con la suerte —o la desgracia— de encarnar esos deseos. Como mi padre, quise ser futbolista, aprendí a tocar guitarra y hasta me enrolé en el popular mundo del emprendimiento. Le debo a él —aunque sólo viví a su lado hasta los tres años— el temperamento colérico, la mirada inocente y un recuerdo de una tarde de diversiones en un carrusel, en el norte de Cali. Todo lo demás es silencio.

La separación de mis padres fue un asunto que tuve que soportar con el letargo del tiempo. Mi mamá me tomó una noche, con un par de maletas, y se fue del hogar, tras descubrir una aparente infidelidad. Después de unos años, ambos rehicieron sus vidas, consiguieron pareja y tuvieron hijos. Yo, por mi parte, me acostumbré a la idea de vivir con un fantasma, con las sombras de un recuerdo.

Aunque tuve todas las comodidades que un joven puede tener, adquirí una predisposición a la melancolía, que hoy me sirve sólo para inspirar poemas. Pero lo que es más me sorprende son las huellas psicológicas que uno cree inexistente, y que aparece cuando uno menos lo imagina.

Diana no lo sabía, y yo tampoco hasta ese momento. «Tengo miedo de ser padre», le confesé. Y no era porque careciera de algo, sino porque no quería repetir el ciclo de mi padre, esas andanzas de la desmemoria.

Tras unas semanas, mi esposa asistió a una cita médica para examinar su vientre. En los días previos, nos había invadido un terrible sentimiento de que algo malo iba a ocurrir, pero que no expresábamos, para mantener intacta la esperanza.

«¿Y si es cáncer?», se preguntaba ella. «No piense en eso, debe ser un retraso nada más», le decía. Y de inmediato, mi mente divagaba hacia desenlaces fatales, futuros inciertos.

El procedimiento duró unos 30 minutos. Al salir, le pregunté cómo se sentía, qué habían dicho los médicos, pero se limitó a decirme que teníamos que esperar los resultados. Nos dirigimos a casa en un silencio sepulcral, sin saber que pronto recibiríamos una noticia que tocaría las fibras más sensibles.

—Los resultados dicen que usted tiene un pequeño quiste en el ovario —le indicó la doctora a mi esposa, por videollamada, unos días después—. Esa puede ser la causa de que no le llegue el periodo.

—¿Y qué se puede hacer? —escuché que le respondió mi esposa.

—Generalmente se puede curar con un tratamiento. Pero tengo que remitirla a un especialista.

Luego todo se quedó en silencio, y desde la sala escuché un llanto. De inmediato, caminé hasta la habitación y la abracé.

—¿¿Qué te dijo la doctora? —le pregunté, sin buscar una respuesta—. Escuché que eso se mejora con un tratamiento.

—No es eso.

—¿Entonces?

—Tengo un útero bicorne.

Me encogí de hombros.

—¿Y eso qué significa?

Me explicó que el útero bicorne es una anomalía que se manifiesta con una bifurcación de la parte superior del útero, que hace que adquiera la forma de un corazón. Según los médicos, se produce por un error en el desarrollo embrionario y, por lo tanto, tiene origen genético.

—Las mujeres con útero bicorne son de alto riesgo para el embarazo —prosiguió— , porque tienen más probabilidades de complicaciones, defectos congénitos o embarazos prematuros.

—Y, ¿es muy complicado tener hijos así?

Sólo hizo un gesto de afirmación con la cabeza.

No voy a negar que sentí impotencia. Lo que en otro tiempo era una opción para dedicarme a disfrutar de mi matrimonio y “viajar por el mundo”, ahora se había convertido en un mal sueño.

Sentí que en ambas vías —tener o no tener hijos— estaban todos mis fantasmas, y todos los fantasmas de mi padre. Pero no le dije eso a Diana, al menos no en ese momento. Preferí animarla a ver más allá de las circunstancias y esperar su cita con el especialista. Así lo asimilamos esa noche y nos fuimos a la cama.

Al día siguiente, mi padre me llamó desde Estados Unidos, donde vive hace unos cinco años con su familia. Nuestra relación se restauró cuando yo tenía 25 años, más o menos, y desde entonces solemos escribirnos con frecuencia. Nos tratamos como dos amigos lejanos que tienen recuerdos en común.

—Hijo, ¿cuándo va a encargar a mis nietos? ¡Yo ya quiero ser abuelo!—me dijo, sonriendo.

Bajé la mirada. Suspiré. Recordé las noches en las que su fantasma se aparecía en mi casa.

—En algún momento llegará —le respondí. Mientras me preguntaba a mí mismo cuáles son las mejores razones para tener un hijo.

Mientras escribo, leo una frase de Susan Orlean, periodista y escritora estadounidense: «Una de las mejores razones para tener hijos es que te recuerdan la alegría de un día en el que nieva».

A lo mejor por eso anhelo, muy lejano, tener un hijo: para recordar la alegría de un día de carrusel en el norte de Cali.

Mi Padre y yo | Cali, Colombia, 1996.

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