Seductor infalible | Cuento

I

—Desde un principio supe que algo raro tenía esa vieja. Algo de misticismo, como cuando ves a alguien y sabes que en esa mirada hay más secretos que certezas. Una mujer indescifrable, una sombra.

—Sí, una mujer extraña.

—No sólo eso, peligrosa. Mira, yo he leído varios libros sobre este tema y me he dado cuenta que las mujeres como ella tienen un poder que ni ellas mismas comprenden. En algunos casos, lo usan para bien, ya sabes, conseguir puestos importantes en multinacionales, y otras lo usan para joder a los hombres. Joderlos, Nayibe, acabarlos. Son como panteras: seductoras de lejos y letales de cerca.

—Yo conozco varias de esas. Te conté sobre la exmujer de mi novio. Llegué a creer que la única manera de deshacernos de ella era…

—Matarla.

—Algo así… Pero, ¿qué pasó con esa vieja?

—Qué no pasó, Nayi. Fue en marzo del año pasado. Yo estaba navegando en redes sociales y vi una sugerencia de amistad. Una vieja con jeans ajustados, una blusa de seda transparente y sin mangas; ojos oscuros medio cerrados, medio abiertos, penetrantes; labios como queriendo dar un beso, el pelo negro completamente liso arropándole su hombro derecho. Tenía un apodo extraño para ser una trabajadora del departamento de publicidad.

—¿Extraño?

—Algo con un cactus. Ya no recuerdo. Se llamaba Daniela.

—Y le mandaste la solicitud.

—Sí. Nada del otro mundo. Una vieja del trabajo, pensé. Tal vez en algún momento iba a necesitar algo del área de publicidad.

—Harrison, para eso tenemos jefes de área. Vos andabas detrás de otra cosa. ¿Y te aceptó la solicitud?

—A los cinco minutos. Me saludó como si me conociera de toda la vida. Hola Harrison, cómo va todo. Le seguí la corriente y a partir de allí siempre que nos veíamos conectados en redes sociales nos saludábamos. Conversaciones simples, casi siempre enfocadas en el trabajo. Ella me preguntaba que yo cómo hacía para manejar tan bien la sección judicial del periódico y yo le decía que cómo hacía para estar tan linda. Se reía.

—¿No tenías novia?

—Ay, Nayibe. ¿Qué había de malo en hablar con ella por chat? Como te dije, sólo cosas de trabajo.

—Pero le decías que estaba buena, eso es una contradicción.

—Te decía que hasta allí la cosa iba bien, pero luego me dijo que quería conocerme en persona, que almorzamos juntos en la cafetería principal, esa que queda en el primer piso del periódico.

—Y como hombre responsable, le dijiste que no.

—Almorzamos juntos al otro día. Yo estaba en una mesa, solo, disimulando con el celular que estaba ocupado, y cada cierto tiempo levantaba la mirada en dirección a las dos entradas que tiene la cafetería. Algo involuntario, un impulso inconsciente que aumentaba mi ansiedad. Habíamos quedado de vernos a las doce y treinta y nada que llegaba. Como para entretener el tiempo, saqué la tablet de mi maletín y pensé en leer un libro que había descargado hace poco y que me había intrigado por su descripción.

—¿Qué libro?

—Se llama Seductor infalible. Te lo recomiendo. Vos sabes que a mí me gustan ese tipo de temas, persuasión, sugestión, en fin.

—He leído cosas por el estilo. Daniel es un aficionado con eso de la persuasión, cada rato dice algo así como que una palabra es suficiente para hacer o deshacer la fortuna de un hombre. Yo prefiero libros que me enseñen a encender la chispa de la relación, tantra, kamasutra, cosas así.

—El libro que había empezado a leer lo escribió un norteamericano que ha ganado todo el dinero que quieras enseñando a la gente cómo manipular con palabras. ¡Manipular! En el más puro sentido de la palabra. El tipo ha viajado a no sé a cuántos países diciéndole a los hombres desesperados de sexo y poder que con la seducción se puede obtener casi cualquier cosa que deseen. Y a las mujeres les ha metido en la cabeza que también pueden dominar el mundo. El precio que pagan es alto, en primer lugar, deben aprender a vivir de las apariencias; un seductor ve la vida como teatro, en el que cada quien es un actor. En segundo lugar, tienen que vivir con la zozobra de ser descubiertos en su falsedad en cualquier momento y ver todo el edificio que crearon derrumbarse. Los seductores saben que la posibilidad del placer hará que una persona los siga, y que experimentar ese placer les hará abrirse.

—Hay que cínico para pensar así. No tener complejos morales…

—Nayi, los seductores, como los políticos, son completamente amorales en su forma de ver la vida. Bueno, ¡deben serlo! No hay otra forma de resistir el peso de la culpa. Para los que ven la vida de esa manera todo se trata de una diversión, un campo de juego.

—Un juego en el que se puede perder. Como vos, supongo. Perdiste, ¿verdad?

—Sabes que siempre he sido hombre de pocas palabras. No que no me guste hablar o entablar relación, más bien prefiero la soledad; el ruido de las cosas nos desenfoca. Hay una serie de peligros con esto, con vivir así, aislados del mundo, el primero es que se aprenden pocas cosas por la falta de contacto con la gente, el segundo peligro, y en mi consideración el más nefasto, es que uno es más propenso a las tentaciones. ¿Acaso puede uno huir para siempre de sus propios demonios, absteniéndose de sus placeres? Cuanto más uno se aleja del pecado, más desenfrenos acumula para la posteridad; el resultado puede ser fatal: un instante de descontrol o una explosión de éxtasis que traiga consigo la tragedia, mira nada más la vida de los asesinos seriales. En fin, yo soy uno de tantos que cayó en las profundidades de su propia tentación y sobrevivió para contarlo.

—¿Sobrevivir? La cosa fue grave entonces. Pero, llegó o no llegó la vieja a la cafetería.

—A los pocos minutos. Yo estaba leyendo el primer tipo de personalidad seductora, la sirena, mujeres peligrosas, capaces de brindarle al hombre el máximo de placer con una pizca de peligro, y de pronto una silueta se posó frente a mí. Era ella. Lucía diferente en persona. Los pómulos más grandes, el pelo no tan liso; el espejismo de las redes sociales. Lo que compensó la incongruencia mediática fue su voz; era una voz que parecía robada de una mujer más madura, grave como las cuerdas de un violonchelo. Sus ojos eran de color verde oscuro, con destellos marrones que se precipitaban sobre las pupilas, su mirada tenía todos los misterios y secretos ocultos en sí mismos.

—Creí que eran negros.

—Yo también. Y cuando me miró, inmediatamente cerré la tablet y la invité a tomar asiento. Siempre almuerzas solo, me dijo. No, nunca estoy solo, le mentí, como si se tratara de una obra de teatro. De vez en cuando dirigía su mirada a mis labios y luego volvía a mis ojos. Y a qué te dedicas, le pregunté, qué haces en el área de publicidad. Me dijo que era coordinadora del nuevo proyecto de marketing online para promocionar la última campaña del periódico. Yo quería saber más sobre ella, quería hurgar en su mente, saber cuáles eran sus aspiraciones personales, si tenía sueños, si creía en algo, si estaba soltera. Me limité a escucharla hablar de su trabajo. Dijo que había sido coordinadora de proyectos a nivel local y que sus campañas han sido desarrolladas por agencias de medios en Europa.

—¿Agencias de medios en Europa? ¿No es algo excéntrico? Es decir, si así fuera no crees que trabajaría en una empresa más grande. Claro que La Prensa de Cali es grande, pero si fuera cierto que es tan buena, al menos yo no me quedaría aquí. ¿No se lo preguntaste?

—No quise dañar el momento. Esa es una pregunta tajante. Seducción, Nayibe, seducción. La elogié, le dije que era admirable. Y luego dijo algo que me desarmó: admirable vos, en la ciudad todos te conocen, mis respetos. Y sonrió, volviendo la mirada a mis labios.

—Hija de… Te estaba seduciendo. Te das cuenta de lo idiota que fuiste.

—Explícate.

—Harrison, ¿sabes cuál es la mayor debilidad de los hombres, su talón de Aquiles?, que se creen todo lo que les dicen. Pero algo quería esa vieja, eso es claro.

—En eso tienes razón. Pero en ese momento no lo veía claramente. Seguimos hablando del trabajo, de los placeres mundanos a los que sucumbimos diariamente para entretenernos del desánimo, y ninguno tocó el tema del estado civil del otro. No se lo pregunté porque sabía que estaba soltera. Mejor dicho, uno no miraría así a un hombre si está en una relación.

—Ingenuo.

—¿Qué?

—Las mujeres también somos así. Las mujeres podemos tener pareja y, si nos gusta otro, nos acostamos con él. Sencillo. Además, ¿quién dice que no podemos hacerlo?

—¿Te estás confesando?

—No me refiero a eso, es sólo que ese mito de que las mujeres son todas santas está devaluado. Harrison, nosotras también tenemos tentaciones, no creas. Sólo que, en esta sociedad machista, si una mujer se acuesta con un tipo por mero placer, es una puta, pero si el hombre lo hace…

—Es un galán.

—Vos lo has dicho. Bueno, ¿pero ella no te preguntó si estabas con alguien?

—No. En ese momento era la única pregunta que no quería que me hiciera. Sabía que si la hacía tendría que responder que estaba comprometido. Y en el fondo no quería. Por mi experiencia, los juegos misteriosos, las miradas picantes y todo eso, acabarían. Además, en mi red social aparezco en una relación. Si le decía que no a una especialista en marketing digital, reconocería la estafa de inmediato.

—Es que eso es lo más extraño. Si ella era tan hábil en las redes, cómo no iba a revisar en tu perfil si estabas en una relación. Para mí que ya sabía y quería probarte.

—Eso no es lo más extraño. Lo más extraño sucedió esa noche, cuando llegué a casa y me enteré que Roberto la tenía agregada en redes sociales.

—¿Roberto? ¿El que trabajó como redactor en El Valluno?

—El mismo. Mira, luego de almorzar con la vieja, nos despedimos y quedamos de vernos otro día. Yo me fui con varias cosas en la cabeza: por un lado, sentía que me atraía físicamente, por el otro, me seguía pareciendo una mujer enigmática, un dulce extraño que no sabes su sabor porque no lo venden en ninguna parte. Al llegar a casa, mi novia me preguntó cómo me había ido en el trabajo y le dije que todo bien. Ella aguzó los ojos y se fue al baño. Yo entré a la habitación, me desabroché el cinturón y sentí un deseo incontrolable de revisar mi perfil de redes sociales, encontrar allí un mensaje suelto, una invitación obscena, un saludo íntimo que me permitiera volver a escuchar su voz de violonchelo. Agarré el celular y abrí el chat. Un mensaje decía: Me encantó conocerte en persona. En ese momento, mi novia entró al cuarto y guardé el celular en un acto demasiado sospechoso para una mujer que sabe oler infidelidades a metros de distancia.

—¡Qué cagada! ¿Qué hizo ella?

—Mijito, dijo, mire a ver. Y yo, como un idiota, le dije: Mire a ver qué, amor, qué pasó. Ella cerró la puerta y me dejó solo en el cuarto, con la comida enfriándose en el comedor de la sala.

—No creo que ella estuviera dispuesta a perdonarte otra infidelidad. Yo no te perdonaría.

—No lo estaba. No me iba a pasar ni una más. Por eso necesitaba ser sigiloso, tener el control total de la situación, saber a qué me enfrentaba esta vez. Esa fue la razón por la que le escribí a Roberto. Le expliqué que había una mujer que trabaja en el periódico y que él conocía. ¿Cómo se llama?, me dijo. Cuando le dije el nombre, Roberto se limitó a mandar un emoticón, ese que tiene la boca como un cierre.

—Silencio.

—¿Qué?

—El emoticón, significa silencio.

—Esa vieja es peligrosa, me confesó. Es un misterio, lo único que yo sé de ella es que le encanta llamar la atención, dijo. Añadió que, cuando trabajó con ella en una agencia publicitaria, le dejó algunos sin sabores. Tras varios minutos chateando, Roberto me confesó que la vieja había sido acusada por estafa, aunque fue declarada inocente más tarde. Cuando estalló la denuncia, el director renunció a su cargo y su esposa, airada, le pidió el divorcio. La empresa entró en un proceso de revisión fiscal y acabó en liquidación. Fue un escándalo.

—Pero, ¿qué tenía que ver la vieja en eso?

—Todo, tenía que ver en todo. Resulta que ella le mandaba fotos al director a su celular, desnuda, y el director le mandaba fotos del miembro. La esposa vio las conversaciones y las fotos y llamó a la vieja para amenazarla. Allí acabó ese matrimonio y todo el edificio que habían construido.

—No jodas. Me imagino que eso te bastó para no buscarla más.

—Es extraño, pero resultó todo lo contrario, me dieron más ganas de saber quién era esa mujer.

II

—¿Este bar es nuevo?

—No, ya lleva tiempo. Me gusta el concepto de los años 80, rock, cigarrillos. A veces traen bandas caleñas o de Bogotá. El tiempo es otro aquí. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a un lugar así?

—Este fin de semana.

—Mentiroso.

—No, en serio, con un par de amigas, ya sabes, nada nuevo.

—No me creas pendeja. No te queda ni tiempo para almorzar.

—Estábamos en lo de Cleopatra.

—Sí, sí. Escucho.

—La mayor seductora de los años 48 antes de Cristo. Te decía que una noche César hablaba de estrategia con sus generales en el palacio egipcio, cuando llegó un guardia para informar que un mercader griego estaba en la puerta con un valioso obsequio para el jefe romano. César autorizó el ingreso del mercader. El tipo entró cargando sobre sus hombros un gran tapete enrollado. Desató la cuerda del envoltorio y lo tendió con agilidad, dejando al descubierto a la joven Cleopatra. Ella, semidesnuda, se irguió ante César como toda una diosa. Tenía apenas veinte años y su hermosura asombró a todos. Según un historiador romano, Cleopatra estaba en la plenitud de su esplendor. Tenía una voz deliciosa que no podía menos que hechizar a quienes la oían. El encanto de su personalidad y sus palabras eran tal que atrajo a sus redes al más frío y determinado de los misóginos. César quedó encantado tan pronto como la vio. Fueron amantes esa misma noche.

—Se convirtió en la reina más poderosa del imperio, ¿no? Tengo entendido que César obedecía todo lo que ella le pedía. ¡Lo que puede una cara linda!

—No sólo una cara linda. Una personalidad arrolladora, seducción y placer. La personalidad de la pantera: peligro y belleza en un mismo cuerpo.

—¿La pantera?

—Según los antiguos, la pantera es el único animal que despide un olor perfumado. Usa este aroma para atraer y matar a sus víctimas. Pero, ¿qué sucede con un aroma?, ¿qué hay en el canto de las sirenas que nos seduce, o en la belleza de un rostro? La seducción radica en la pura apariencia. Los ojos que seducen no tienen significado, terminan en la mirada; el encantamiento reside en lo que se oculta.

—El misterio en la mirada.

—Exacto. Cleopatra era en realidad una mujer físicamente ordinaria. Nada del otro mundo. Los hombres no percibían eso, lo que vieron fue una mujer que no cesaba de transformarse ante sus ojos, una mujer espectáculo. Apariencia realzada y voz armoniosa. Sus palabras eran banales, pero las pronunciaba con tanta suavidad que los oyentes no recordaban lo que decía, sino cómo lo decía. De Cleopatra aprendemos que lo que hace a una sirena no es la belleza, sino la vena teatral, lo que permite a una mujer encarnar las más íntimas fantasías de un hombre.

—Y hacia allá te estaba llevando esa vieja de la redacción, hacia sus fauces.

—Estoy tentado a pensar que las sirenas sí existen.

—Por favor, Harrison. Existen en tu cabeza.

—Los juegos de seducción fueron llevándome más y más hacia un abismo sin retorno. De un momento a otro empecé a obsesionarme con ella, con su voz, sus fotografías, ese mundo de ficciones que inventaba para mí y que me hacían deleitarme en mis propias fantasías. Escuchaba una y otra vez los audios que me dejaba por el chat, avanzada la noche, sólo para sentir la cadencia de su voz acariciarme los tímpanos. Me encanta tu personalidad, decía, me fascina como me hablas. Miraba sus estados de redes sociales y notaba que había subido un video en el que meneaba una copa con vino tinto, en una habitación con cama destendida al fondo, velas encendidas en un nochero. Llegué a soñar un par de veces con ella. Adquirí el hábito de cerrar los ojos cuando hacía el amor con mi novia. Había entrado en mi mente y no quería irse, o más bien, yo no quería dejarla ir.

—Y, ¿cómo es que tu novia no se daba cuenta?

—Me encerraba en el baño con la excusa de que iba a hacer mis necesidades. Y entonces conversaba con ella. Nuestras charlas eran más filosóficas que pasionales. La vida se trata de dar rienda suelta al tiempo, le decía, dejarse envolver en las pasiones y tratar de salir ileso de ellas. Me gusta la noche, decía ella, es el ámbito del placer o la lujuria. Cuando la confianza aumentó, me atreví a preguntarle que cómo hacía para estar una noche tan hermosa ella sola, encerrada en su casa. Me respondía que el vino y el sexo eran buena compañía. En sus redes sociales solía poner una foto de un cactus y una mujer abrazándolo. Le pregunté en cierta ocasión sobre su seudónimo y su afición por los cactus. ¿Debo tener cuidado con vos?, le pregunté una vez. Los cactus sólo hacen daño si se cogen con fuerza, contestó. Mi novia caminaba cerca del baño, podía escuchar sus pies descalzos desplazarse de un lado para otro, y luego se quedaba todo en un silencio rotundo. En ese momento caí en cuenta que ya había pasado un tiempo prudente como para defecar.

—Estabas jugando con fuego y las mujeres tenemos un sexto sentido para esas cosas. Sabemos cuándo nuestra pareja nos oculta algo. De seguro era cuestión de tiempo para que se cayera tu obra de teatro.

—Yo creo que ella sospechaba, Nayibe. Estoy seguro que sí. Pero en mis desesperados intentos por prolongar el placer de lo prohibido, cambié las claves del celular, de las redes sociales y del e-mail. Por supuesto, fue una pésima idea. Un día, a las tres de la madrugada, sentí que mi novia respiraba con agitación, mientras tecleaba números en la pantalla de mi celular. ¿Qué pasa?, le pregunté. ¡Nada, Harrison, nada! Y se aventó contra la almohada, dándome la espalda; no me dejó ni tocarla. Sabía que algo le ocultaba. Luego teníamos esas discusiones en las que yo le decía que cada pareja merece su privacidad, que si cambiaba las claves era porque no quería que nadie tuviera acceso a información privilegiada de mis reportajes. La verdad era que tenía una sirena nadando en la piscina de mi casa y no quería que nadie la encontrara.

—Estabas llevando a esa mujer a un viaje sin retorno.

—¿Sin retorno?

—Harrison, lo único que ibas a lograr con esa actitud era levantar más sospechas y unos celos enfermizos. A mí Daniel me salió con la misma excusa de la clave hace unos meses. ¿Te digo la verdad?, eso deterioró mi confianza en él, hasta el punto en que casi le termino. Porque en lugar de aceptar el argumento, lo que solemos hacer es poner una barrera, estar alertas; el miedo de perder a alguien que amamos nos hace comportarnos de formas enfermizas e incluso cometer locuras.

»Me volví posesiva, malgeniada, también cambié todas mis claves. Y, ¿para qué?, sólo sentía que nos estábamos negando algo, la posibilidad de ser sinceros. Una noche le dije que, si tenía algo que decirme, que me lo dijera en la cara de una buena vez, vos sabes como soy de frentera, y que si seguía comportándose como un detective conmigo lo iba a dejar. Cambió, pero la confianza tardó en recuperarse. Es más, creo que ya no es igual.

—A mi novia le pasó algo similar, aunque ella nunca me confrontó con lo de que me iba a dejar. Optó por hacer de cuenta que nada pasaba. Ojos que no ven…

—Corazón que no siente.

—La cosa empeoró cuando, una noche, Daniela y yo hablamos por chat, yo en el baño, ella en su habitación de sábanas destendidas y velas ceremoniales. Me dijo que se sentía sola, que le hacía falta compañía. Torpemente le sugerí que visitara a sus padres, y me dijo que no podía, que estaban demasiado lejos como para tomar un taxi y llegar en pocas horas. Tengo problemas emocionales serios, Harrison, a veces no soporto estar sola, confesó. Quería decirle que en unas horas iba para su casa, imaginé por un momento que nos tomábamos la botella de vino y luego consumábamos la soledad en el sexo. La imaginé entre mis brazos, penetrándola sobre el mesón de la cocina, contra el respaldar de la cama, encima del nochero, apoyados sobre la ventana, mirando la luna o la noche, sus ojos verdes en mis pupilas, las velas encendidas, la habitación en penumbra.

»Yo esperaba impaciente alguna sugerencia, una invitación entre líneas, una señal escondida en algún mensaje de voz, pero, de todas formas, ¿qué iba a decirle a mi novia?, ¿que iba a tomarme unos tragos con unos amigos? Y, ¿qué amigos? No tenía amistades, aparte de Felipe, de la sección cultural. Amor, tengo que reunirme con mi jefe de redacción, resultó un problema en el periódico. O, amor, mi mamá sigue muy enferma, tengo que ir ahora mismo. No. Renuncié a la posibilidad de ir a su casa. Le pregunté, como para cambiar de tema, qué actividad le gustaba hacer, aparte de campañas publicitarias. Me dijo que le gustaba salir a caminar. ¿Y a vos?, me preguntó, como quien no quiere la cosa. Ver series de crímenes, respondí. Y en ese momento mi novia abrió la puerta del baño. Estaba sin seguro.

—¿Te vio la conversación?

—¿Con quién hablas?, gritó. Con nadie, un compañero del trabajo, le contesté. Me arrebató el celular de las manos y salió corriendo en dirección al cuarto, como una niñita. Yo salí corriendo detrás de ella, con los calzoncillos abajo, el miembro de aquí para allá.

—No era necesario el detalle.

—Se encerró en el cuarto. Le dije que me abriera la puerta, que debía respetarme. Nunca me abrió la puerta. Esa noche dormí en la sala, desnudo. Al día siguiente, me despertó y me dijo que si quería desayunar que me sirviera yo mismo. Agarró su bolso y se fue al trabajo, indiferente. Cuando llegué al periódico, traté de buscar a Daniela. No sé por qué, pero sentía que debía abrazarla, decirle que podía contar conmigo. Pero no la vi en todo el día, al parecer no fue al periódico.

—¿Te estás escuchando? Qué cínico. De verdad, estabas hechizado. Es cierto lo que dicen, que una mujer es capaz de dominar el mundo si aprende el arte de la seducción.

—Sí… pero hasta cierto punto. Hay ciertos peligros al tener una personalidad de sirena seductora. Y pronto habría de descubrirlos, no sin antes caer en lo más profundo de mi obsesión.

III

—Nayibe, por más ilustrada que sea su época, ninguna mujer puede mantener con soltura la imagen de estar consagrada al placer. Y por más que intente distanciarse de eso, la mancha de ser una mujer fácil sigue siempre a la sirena.

—¡Que machista!

—Es la verdad.

—Lo peor es que sí. Una vez la gente te ve como una ‘fácil’, quitar la mancha es más difícil que limpiar un antecedente judicial.

—A Cleopatra se le odió en Roma, donde se le consideraba la prostituta egipcia. Ese odio la llevó finalmente a la ruina, cuando Octavio y su ejército buscaron extirpar el estigma que ella había terminado por representar para la hombría romana. Aun así, los hombres suelen perdonar la reputación de la sirena. Pero el precio de escoger ese camino es alto: la enorme atención que atrae la sirena resulta irritante para otras mujeres y, algo peor, la sirena en muchos casos intenta librarse de ese estigma sin obtener resultados, otras veces preferirá atraer una atención no sexual. Y ni hablar de la belleza física, todo eso se marchita con el tiempo.

—No habías dicho que la sirena seduce por su personalidad y no tanto por su apariencia.

—Sí, pero pasando cierta edad, esa impresión de seducción es difícil de proyectar. No sé si recuerdas por qué se suicidó Marilyn Monroe.

—No soportó ser vista como un mero objeto sexual.

—Nadie soporta eso por mucho tiempo, y nadie puede sostener una obra de teatro más allá del final. Salí de la redacción y llamé a mi novia para recogerla, pero no me contestó. Decidí aprovechar el momento para hacerle una propuesta a Daniela. Quería olvidar los asuntos de la redacción y tratar de distraer el tedio de las deudas, así que le marqué. Me contestó de inmediato. Le pregunté si podía visitarla y accedió. Su casa quedaba cerca de la redacción, sobre la calle sexta, centro-oriente de la ciudad. Era un edificio de apartaestudios de cinco o seis pisos llamado Arcadas. Cuando llegué, le escribí un mensaje y le dije que estaba afuera. Empuja la reja y sube por las escaleras, respondió. Subí hasta el último piso y al llegar noté que la puerta estaba medio abierta. ¿Daniela?, pregunté. Salió, con unos shorts ajustados y una blusa semi transparente, sin sostén.

—Y, ¿a partir de aquí me vas a contar cómo tuvieron sexo?

—No te contaría estos detalles si no fueran necesarios, Nayibe. Me ofreció vino y luego de servirnos dos copas, nos sentamos en un sillón. El aura de la casa era mística, el crepúsculo se metió por la ventana y la brisa amenazó con tirar al suelo unos documentos que descansaban sobre un escritorio. Hablamos sobre el trabajo hasta que la mujer tomó la botella de vino, se sirvió otra copa y me dijo que había estado recibiendo llamadas de una mujer. Dice que quiere tener una cita conmigo, me confesó, al parecer un proyecto publicitario, quedamos de vernos en una hora, más o menos, ¿quieres que hagamos otra cosa?

—Directo al grano.

—Tan pronto acabó la frase, la besé.

—¡Infeliz!

—Sí, me dejé llevar por el deseo, lo sé. Puse mi mano sobre su muslo derecho y acerqué mi cuerpo al suyo para sentir sus pechos. Tuvimos sexo. Consumamos el acto en un momento de éxtasis. Mientras ella gemía, no negaré que sentí un peso de culpa sobre mi cabeza. Pero el orgasmo disipó el desliz. Terminé y me tendí en la cama, como si hubiese corrido una maratón. Daniela agarró su celular, corrió hacia el baño y me dijo que tenía que irme. Luego escuché la ducha del baño.

—Caíste en las redes de esa sirena…

—Lo único que se me vino a la mente fue enviarle un mensaje de texto a su celular, que pudiera leer luego: «Me encantó estar contigo». Eran cerca de las seis y treinta de la tarde cuando abandoné su apartamento. Conduje lentamente por la avenida sexta hasta la redacción. Dos imágenes invadieron mi mente: el fresco retrato de su desnudez y la frialdad con la que mi novia se había despedido ese mismo día. Aproveché la ocasión para llamarla de nuevo, pero esta vez el teléfono pasó a buzón de mensajes. Tras haber concluido algunas cosas en el periódico, me dirigí a casa. A pocos kilómetros de llegar, recibí un mensaje de Daniela que me paralizó: «diferentes en la vida, los hombres son iguales en la muerte».

—Raro.

—No sólo eso, envió una foto mía, en la que estaba desnudo; al parecer la tomó a escondidas desde el baño. Le pregunté que a qué jugaba, pero no respondió.

—Se decepcionó.

—¿De qué?

—De tu precocidad. Un par de minutos y moriste para ella, una no tolera tipos precoces.

—Nayibe, la historia alcanzó su clímax cuando, para mi sorpresa, entré a la casa y encontré una nota de mi novia. Decía que se devolvía para Barranquilla, que lo nuestro no iba a funcionar. ¡Dejó sobre el comedor el anillo de compromiso que le regalé! ¿Puedes creerlo?

—Eso no fue lo que me contaste hace años.

—En ese momento no podía decirte la verdad…

—¿Qué verdad, Harrison? Deja el misterio.

—Al día siguiente, en la sala de redacción, el jefe me dijo que me pasara por su oficina. Recorrí los pasillos en plena hora de cierre y, al llegar, noté que el jefe estaba hablando con el abogado del periódico. Ambos se quedaron en silencio, hasta que el director me dijo: ¿Supiste lo del asesinato que reportó la policía? En ese instante creí que se trataba de una noticia más, pero el jefe adoptó una expresión doliente. Daniela, dijo, la de publicidad, la asesinaron anoche.

—¿Qué?

—Así como lo escuchas. Me estremecí. Según me dijo el jefe, la mujer fue encontrada en su habitación, desnuda y aparentemente envenenada. El abogado me dijo que la Policía necesitaba interrogarme, querían esclarecer qué tipo de relación tenía con ella y por qué, horas antes del presunto homicidio, yo había entablado comunicación con la víctima. Por suerte, el periódico me ofreció respaldo jurídico, pero fui relevado de mi cargo durante el tiempo que se llevó a cabo la investigación. En ese momento me rehusé a confesarles a todos que había sido su amante esa tarde. Pero lo que acabó descubriendo el investigador del caso me hundió por completo.

—¿La foto?

—El mensaje que le había enviado a su chat, la evidencia de que yo tenía una relación con Daniela que iba más allá de lo laboral. El abogado de La Prensa pudo demostrar que el mensaje de despedida que había enviado a la víctima fue previo a su muerte, pero no fue tenido en cuenta como una prueba convincente sobre mi inocencia.

»Lo más frustrante vino después, cuando algunos periodistas independientes y colectivos sociales señalaron el hecho como un feminicidio, y pronto las amenazas y deseos de justicia empezaron a inundar mis redes sociales. El hecho se llegó a catalogar por la opinión pública como un ‘crimen pasional’, especialmente luego de que el fiscal encargado pidiera al juez de garantías una orden de detención domiciliaria en mi contra, mientras se esclarecía el suceso.

»Lo que vino después fue una larga lista de consecuencias que por poco arruinan mi carrera como reportero. La Prensa me suspendió el contrato laboral, aunque aceptó recibir textos de mi autoría para que fueran publicados bajo un seudónimo en la modalidad de freelance, en la sección de farándula. El matoneo en redes sociales me obligó a cerrar mis perfiles y perdí varios contactos útiles para mis investigaciones. Mi vida se vino a pique, Nayibe, nunca pensé caer tan bajo.

—Algo no cuadra en esta historia. ¿La mataste?

—¡No!

—¿Entonces?

—Durante los tres meses que estuve preso en la casa de mi mamá, me di a la tarea de averiguar quién habría hecho algo así. Lo primero que hice fue llamar a mi abogado para preguntarle a qué hora habían determinado la muerte de Daniela. Tras un par de minutos hurgando en sus papeles, me dijo que la policía reportó la hora del asesinato a las siete y veinte de la noche, aunque era una hora estimada. Le pedí que revisara las copias de mi expediente, más exactamente las pruebas que presentó el fiscal en mi contra. Aquí aparece el mensaje que le enviaste a las seis y treinta y cuatro, me dijo el abogado. ¿Y el que ella me envió a las ocho?, pregunté. El abogado se quedó en silencio al otro lado de la línea. ¿Cuál mensaje, Harrison?, me preguntó con voz taciturna.

»Encendí el computador y revisé una carpeta que había creado sobre el caso, en la que guardaba los por menores del suceso. Luego le envié un correo al abogado con una foto adjunta: era un pantallazo que le había tomado a mi celular, en el que se veía la hora en la que recibí el extraño mensaje con mi foto desnudo, y que probaba que había sido enviado minutos después de la muerte.

—Había otra persona esa noche en el apartamento de la vieja…

—Eso le dije al abogado, eso le había tratado de decir meses atrás, pero en ese momento la evidencia en mi contra era tan abrumadora que el fiscal aprovechó para destruirme. Le pedí al abogado que tratara de hacer un paneo de la cuadra en la que quedaba el edificio Arcadas, para averiguar si había cámaras de seguridad. Impaciente, me colgó.

»No fue sino hasta una semana después que recibí una llamada. Tenemos una nueva pista en el caso, me confesó el abogado. Lo que descubrió me dejó pasmado. Según las cámaras de seguridad del edificio, Daniela había tenido otro encuentro esa misma noche, con una mujer.

—¿Una mujer?

—Le expliqué al jurista que Daniela me había dicho que tendría una visita esa noche y que, según mi hipótesis, el mensaje que recibí de Daniela al parecer lo envió otra persona.

—El culpable…

—Hacia allá voy. Como el caso seguía abierto, el abogado le pidió acceso a la Fiscalía para ver las conversaciones que Daniela había tenido con la mujer, también guardó en una memoria los videos de las cámaras de seguridad y solicitó una nueva audiencia para presentar las pruebas. La notica salió en medios locales con el titular: “Nuevas pistas en el caso de Daniela Rengifo, la publicista presuntamente asesinada por su amante”.

»Bajo la sospecha de omisión por parte del fiscal a cargo y gracias al persuasivo discurso del abogado, recuperé mi libertad. Cuando acabó la audiencia, llamé al jefe de redacción, para que conociera los hechos. Bastaron un par de días para estar de vuelta en la redacción, a pesar del disgusto de algunas de mis colegas feministas. Se me ofreció una columna de opinión para contar mi versión de los hechos, pero la rechacé.

—Te salvaste por un pelo, seductor infalible. Pero, ¿quién fue el asesino? O, ¿la asesina?

—Tengo mis sospechas, Nayibe. Una mujer movida por la venganza, una pantera negra en todo el sentido de la palabra, que acechó a su presa con cautela y dio el zarpazo. Lo único que sé es que la muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo y para muchos un favor.

Este cuento hace parte de una colección de obras del autor y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .