Un crímen sencillo | Cuento

1

—Debe haber otra forma, Arbey.

—Hágame caso, Jairito, la vuelta es fácil. Ya le expliqué todo el plan. Si estuviéramos en Cali sería diferente, pero en Yumbo es más breve.

—¿Y si nos cogen? Vos sabés que yo tengo a Carlitos pequeño.

—Pues entonces apague y vámonos. Yo no sé cómo más ayudarte.

La sala estaba iluminada pobremente por una luz amarilla. Sólo una cuarta parte de la sala estaba ocupada.

En una esquina había una mesa de madera con una cajetilla de cigarrillos, latas de cerveza y un plato sucio. Desde una de las habitaciones se oía el rumor de una radio. La puerta de la casa estaba abierta y por ella entraba una ráfaga de viento mezclado con humo de marihuana. Jairo, sentado en un sillón forrado de tela azul, pasó su mano por la cabeza.

—Venga y, ¿vendiendo marihuana cuánto recoge uno?

—No, Jairito, meterse con esa gente es peligroso. ¿Se acuerda del pelao que hacía los mandaditos en la moto? El hijo de Hortensia, la de la esquina. Lo mataron.

—No jodás.

—Todo un jíbaro. Se puso a mover paqueticos en las noches, por allá por los lados de las Cruces, y hasta allí le llegó la joda. Usted verá si se quiere meter en eso, pero yo no lo sigo. ¿O no se dio cuenta que El Indio ya salió de la cárcel? La cosa esta caliente.

Arbey colocó la lata de cerveza sobre la mesa, se puso en pie y caminó en dirección a un cuarto oscuro. Vestía jeans azules y una camiseta de botones abierta. Jairo aprovechó para revisar su celular: eran las diez y cuatro de la noche.

En un par de minutos, Arbey se incorporó de nuevo a la sala, con dos latas de cerveza y un pedazo de mortadela en la boca.

—Como le digo, la única que veo es hacer esa vuelta. Piénselo y me dice. Pero eso sí, no le de tanta vuelta al asunto, cuando uno va a hacer una cosa de esas es mejor hacerlo sin tanto visaje.

Cuando terminó la frase, una patrulla de la Policía pasó frente a la casa, otorgando a las paredes un tono rojo y azul. Uno de los policías bajó la ventana del carro y batió su mano.

—¡Señores! —saludó Arbey, y luego dijo sonriendo—: malparidos esos. Así uno se quite el uniforme no deja de ser un tombo.

Jairo se inclinó en su asiento, puso su mano derecha sobre la frente y cerró los ojos.

—Piénselo tranquilo, viejo Jairo. Y métase esto en la cabeza, no siempre se puede ser buena persona y darle de comer a la familia al mismo tiempo.

Jairo terminó lo que quedaba de su lata de cerveza y se despidió de Arbey. Le dijo que al otro día le tendría una respuesta y emprendió su camino de regreso a casa.

Vivía en la parte más alta de Yumbo, en una casa alquilada que había conseguido su esposa con la ayuda de un hermano. Aunque el barrio estaba retirado del trabajo, para Jairo el precio compensaba el tedio, incluso el estruendo de la música de los vecinos y los pleitos que se formaba cada fin de semana.

Su único objetivo, el único propósito que lo mantenía a flote, era llevar el sustento a su familia. La rutina era simple: levantarse a las cinco de la madrugada, preparar su almuerzo, arreglar al niño, pedalear hora y media hasta el colegio del pequeño y de allí hasta el taller en el que trabajaba. Solía regresar a las ocho de la noche, a veces a las ocho y treinta; sólo los miércoles añadía a su itinerario una visita fugaz a la iglesia evangélica en la que se congregaba su mujer.

Cuando llegó a casa le sorprendió ver las luces de la sala encendidas. Tocó dos veces y su esposa le abrió la puerta.

—¿Cómo le fue?

—Bien porque se llegó —respondió Jairo, llevando la cicla a un cuarto de paredes en obra blanca.

—¿Va a comer?

—No sé. Mejor dejemos eso para un calentadito mañana.

La mujer se dirigió a la cocina, abrió la llave y terminó de limpiar los platos. Era una mujer de piel blanca, pelo negro y ojos azules enmarcados en largas ojeras; las expresiones de una mujer que se ha acostumbrado a sobrevivir. Jairo la conoció cuando eran adolescentes. Toda una joya, le decían sus amigos, La pelada más linda del barrio. Se casó con ella cuando quedó viuda de su primer matrimonio y con un bebé de brazos.

—Y Carlitos, ¿dormido?

—Mañana tiene un examen de matemática. Hoy se la pasó todo el día estudiando. Le pidieron unos libros de español, pero yo le dije a la profesora que nos diera una esperita.

—¿Vino alguien hoy?

—Los de siempre.

—¿Qué dijeron?

—Que si no pagábamos la cuota la otra semana íbamos a tener problemas. Esa gente es peligrosa, Jairo, debimos esperar una respuesta de Dios.

—Dios, Dios, Dios —renegó—. ¿Cuántos años llevamos en estas y Dios no responde?

—Dios responde, pero a su tiempo.

En ese momento, los vecinos encendieron un par de bafles con música de despecho y su voz se perdió entre las paredes frías de la casa.

Jairo se dirigió al baño y se encerró. Tenía las manos untadas de grasa. Se miró al espejo y entonces comprendió que había envejecido más rápido en la última semana que en todo un año.

«La vuelta es fácil», recordó la frase de Arbey, «en Yumbo es más breve».

Sostuvo con sus dos manos un poco de agua y se mojó el rostro. Luego salió del baño y se metió en la cama con su mujer.

—Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Es un negocio, si todo sale bien, la otra semana nos vamos de aquí.

—¿En qué te vas a meter ahora, Jairo?

—Un banco.

—¿Otra vez? Ya no nos prestan nada.

—Robar un banco, Deisy. Vamos a robar un banco.

—¿Qué? ¿Qué? —gritó la mujer y se encogió de hombros— ¡Se embobó o qué!

—Bajá la voz, vas a despertar al niño. Estoy cuadrando con Arbey, el que era policía.

Deisy se sentó sobre el borde de la cama y apretó sus manos contra el pantalón de pijama.

—¡Dijimos que no íbamos a volver a hacer cosas de esas!

—¡Deisy, mujer! ¡Dame otra opción entonces! Llevamos cuatro años viviendo en esta pocilga y…

—Pocilga y todo, pero estamos tranquilos, no escondiéndonos como unas ratas.

Afuera se oían a tres tipos que discutían, al parecer uno de ellos había matado al hombre equivocado y arreglaban cuentas.

—El niño no merece esto. Pensá en el niño.

—Sí, pienso en él, y lo que no merece son unos papás ladrones.

—Lo que no merece es vivir en la miseria. A duras penas me gano lo del día y, ¿sabés cuánto nos gastamos? ¿Qué vamos a hacer con lo que queda?, ¿ahorrar para la universidad del pelao?, ¿ahorrar para la casa propia? ¡No jodás!

—Jodéte vos. Eso no es como robar bolsos en el parque, esto es más delicado.

—Arbey dijo que en Yumbo es más breve. Él tiene contactos en la Policía, ese man los tiene endulzados. Además, esos malparidos del banco se lo merecen, ¿te acordás del préstamo que les pedimos para el negocio propio? ¿Qué dijeron? Ni mierda, nos miraron con lástima, como si no tuviéramos ni con qué comer. Esos bancos tienen varado a todo el mundo.

Jairo se acercó a su mujer y se arrodilló frente a ella, tomándola de las manos.

—Vámonos de aquí, Deisy, vámonos para otra parte. Con esa plata me monto un taller en otro lado y le damos al niño la vida que se merece.

—No sé Jairo, no sé.

—Piense a futuro.

—¿Y cuánta plata es más o menos?

—Primero necesito que me diga si le vamos a hacer o no.

2

Jairo se dirigió a la cocina para preparar un agua de panela. No había conciliado el sueño en toda la noche y durante la mañana y parte de la tarde no probó bocado, se la pasó especulando posibles desenlaces del robo.

¿Qué haría si durante el atraco accionaban la alarma y cerraban todas las puertas? ¿Si un guarda de seguridad sacaba su pistola y le apuntaba al rostro? ¿Y si alguien llamaba a la Policía mientras él, distraído, metía los billetes en una bolsa? Seguramente Arbey amenazaría con dispararle a un civil o tomaría de rehén a cualquier trabajador. Él, a diferencia suyo, no le tenía miedo a nada, había visto el rostro de la muerte varias veces y tenía la sangre de un águila negra. En sus mejores épocas como policía había sido un agente de la mal llamada ‘limpieza social’ y cargaba a sus espaldas una docena de muertos.

Pero ¿qué haría Jairo? ¿Qué haría un hombre conservador, de pocas palabras y vagas inclinaciones religiosas en una situación como esa? Cuando robaba con su mujer, antes de que ella decidiera vincularse a una iglesia evangélica, nunca le había hecho daño a nadie. Se limitaba a robar con la técnica del cosquilleo: sacaba objetos valiosos de carteras, maletines o bolsillos con el mayor sigilo. ¿Qué haría si al salir del banco alguien descubría su rostro, algún miembro de la iglesia o un vecino? ¿Qué haría si las cámaras del lugar registraban su figura delgada, ese cuerpo diezmado a la pobreza, intentando asaltar un banco? En eso pensó toda la madrugada: salidas, puertas, escapes de un laberinto del que nunca había logrado salir, pero que ahora creía capaz por alguna corazonada.

Se tomó el agua de panela mientras observaba el atril con la biblia abierta en el Salmo 91. Cuando se dio la vuelta para ir por su bicicleta, fue sorprendido por su mujer; estaba con los brazos cruzados y la mirada clavada en sus ojos.

—Cuando llegue donde su tía me espera allá —le dijo Jairo—. Si me demoro más de dos días, quédese viviendo con ella un tiempo y siga adelante. En el Quindío hay más oportunidades que en Yumbo.

La mujer se limitó a asentir con la cabeza. Jairo le dio un beso en la frente y, antes de salir de la casa, citó un verso bíblico.

—Esfuérzate y se valiente, que yo estaré contigo.

Esa tarde las nubes se habían precipitado sobre los cerros de Yumbo. El cielo era gris, con presagio de lluvia, y la cuadra gozaba de un silencio tal que a Jairo le costó trabajo abandonarla. Llegó a pensar de nuevo que tal vez había otra manera de darle a su familia una mejor vida, recordó a su padre, trabajando en un taller de motos en Tuluá para alimentar dos bocas y hacer feliz a su mujer.

«No le de tanta vuelta al asunto», recordó la frase de Arbey. «No siempre se puede ser buena persona y darle de comer a la familia».

En eso tenía razón. Por mucho que intentara por la buena vía darle un mejor futuro a su mujer, sus capacidades económicas eran limitadas.

«Al menos mi papá tenía un negocio», pensó, y emprendió el viaje loma abajo.

Cuando llegó a la casa de Arbey, notó que un carro gris estaba estacionado sobre la acera. Se bajó de la bicicleta y tocó a la puerta. A los pocos minutos Arbey salió, estaba sin camisa, tenía el mismo jean de la noche anterior y un cigarrillo en la boca.

—Entonces, ¿hacemos la vuelta?

—Hagámosle.

Arbey consumió lo último que quedaba de su cigarrillo y lo dejó en un cenicero. Caminó hacia una habitación al final del pasillo y removió una cortina que hacía las veces de puerta.

—Vení. Te tengo un detalle.

En la pared había un retrato de una mujer y una niña con no más de diez años, cuadros de bodegones con fruta pintados al óleo, diplomas de la Policía y un cristo de yeso colgado de una puntilla oxidada. Toda la casa olía a tabaco y en los rincones del piso, cerca de la cocina, yacían botellas de cerveza vacías, restos de una vida solitaria.

—¿Qué hay de tu familia, Arbey?

—Lejos, Jairito, lejos. Vos sabes que yo tuve otra vida. Vení, entrá te muestro algo.

Jairo entró en lo que parecía ser el cuarto de una niña. Peluches colgados en la pared con puntillas, una cama tendida con una sábana rosada. En una esquina había un baúl lleno de juguetes de donde Arbey sacó una pistola.

—¿Por las retaliaciones?

—Asi es… Si querés hacer sufrir a alguien, jodéle la familia. Tenga, nueve milímetros, diez balas, serie noventa y dos. Lo mejorcito que tengo.

—No la necesito.

—Se nota que nunca has robado un banco, ¿no? Tené, ¿o cómo creés que esa gente va a entregar los billetes? ¿Viste el carro que está afuera?, Renault GT 18, modelo ochenta y cinco. Me lo conseguí con un mecánico que conocí cuando trabajaba con la Policía, placa falsa, papeles al día, cuando terminemos el trabajo sólo es devolvérselo en Dapa y el hombre nos da otro. De allí cogemos para Cali, hacia la Panamericana. Tené, lleváte esto.

Le entregó dos pasamontañas y dos de chaquetas semipermeables.

—Todo está en el carro. No pienso volver a esta casa en un tiempo. Un primo se va a quedar a vivir aquí hasta que la cosa se calme.

—Por qué hacés esto, Arbey, vos no lo necesitás.

Ambos se ubicaron en el sillón de la sala y se quedaron unos segundos en silencio. Pequeños golpes se escucharon en el techo de tejas de zinc. Un viento recio azotó la puerta de la casa y los dos hombres quedaron envueltos en un manto de oscuridad. Un reloj digital de mesa marcaba las cuatro y treinta y seis de la tarde.

Arbey encendió un cigarrillo y prendió la radio. No tenía señal; el ruido de las ondas electromagnéticas se confundió con la lluvia que se desató al instante.

—Mi papá vivía una vida miserable —comentó Arbey—. Siempre al margen, pobre. De mis hermanos, yo fui el único que pudo estudiar, pero ya estando viejo. Me tocó irme de ese infierno de vereda en el que nací; allí no había futuro. Mi hermana se casó con un cocalero y se fue de la casa, tiempo después volvió con dos pelaos; le habían matado al marido. El otro hermano se consumió en las drogas. Un día fui a visitar a mi papá, ya estaba muriéndose. La casa en la que crecimos ya no era de nosotros porque la había vendido por unos cuantos pesos para gastarse todo en trago.

»Ahora vive en una casucha alquilada, cerca de la casa en la que crecimos. Cuando me le acerqué ni me reconoció. Mi vieja me dijo que había perdido la memoria y a duras penas le pagaban la pensión. Ese día me prometí a mí mismo que nunca iba a mendigar por plata. No es que me de vergüenza ser pobre, lo que me da vergüenza es ser pobre por estúpido. Mi padre murió en su ley, creía que la gente le iba a ayudar toda la vida, y murió sólo y sin nada que dejarles a sus hijos, ni siquiera recuerdos.

Arbey se mandó una bocanada de humo de tabaco a los pulmones y lo expulsó lentamente.

—Y usted qué, Jairito. Si hay alguien que tiene una buena familia es usted. Deisy es una gran mujer y el niño es bien piloso.

—Lo mío es más un asunto entre Dios y yo. No sé si te he contado, pero mis padres eran devotos, fieles seguidores de la fe católica. Cada domingo en misa, cada día elevando plegarias en su cuarto, impotentes, con el peso de las deudas doblando sus rodillas. Crecí creyendo que Dios existía, y uno a esa edad no entiende tanta incongruencia, versículos y versículos bíblicos hablando de la misericordia de Dios. La religión era entonces como un refugio en contra de las injusticias de la vida, una forma de escapar de la realidad. Todos necesitamos creer en algo, ¿no?

—Yo me conformo con creer en mí mismo. Eso de las iglesias y los pastores no es lo mío.

—Fíjese nada más, Arbey. El mundo lleno de guerras, hambre, pobreza. Y, ¿en dónde está Dios en todo eso? ¿Sentado en su trono rodeado de luz? Un día llegué a la casa, después del colegio, tenía como trece o catorce años, no recuerdo. Abrí la puerta y estaba todo en silencio. Mi mamá debía estar en la casa a esa hora, preparando la comida, corriendo de aquí para allá, como de costumbre. Dejé mi cicla tirada en el antejardín y la llamé. Pero todo seguía en silencio. Entré, la busqué en la sala y en la cocina. Sólo fue hasta cuando entré al cuarto de mis padres que me di cuenta que estaba colgada de una soga. Todavía recuerdo su rostro morado, los ojos blancos. ¿A dónde había ido a parar su fe?

»Salí corriendo en busca de ayuda, grité por toda la cuadra. Horas después, cuando mi padre llegó a la casa, se tiró al suelo y lloró desconsolado; tenía en sus manos una carta que había escrito mi mamá antes de suicidarse y que nunca supe qué decía. Uno tiene que agarrar su propio destino por las riendas, Arbey, dejar ese cuentico de que Dios te lo da todo.

Arbey apagó el cigarrillo.

—Tenga fe, Jairo. Tenga fe. Al menos durante lo que dura el robo. Ya después puede decidir si se olvida por completo de la religión.

3

Seguía lloviendo cuando los dos hombres estacionaron el Renault frente al banco. El parque Belalcazar era un hervidero de gente que iba y venía a ritmo acelerado. Realmente hubiera sido difícil llamar la atención en aquella plaza.

Decidieron que el expolicía sería el primero en bajar del carro, luego Jairo se incorporaría en la acción con el pasamontaña puesto y la pistola en la mano.

El banco estaba relativamente vació. En la parte izquierda, un guardia de seguridad ayudaba a una pareja. En el frente había una pequeña fila integrada por unas cuatro o cinco personas.

Arbey fue directo hacia las funcionarias. Desenfundó el arma y les gritó a todos que se arrojaran al piso. Le apuntó a una de las cajeras. Jairo tomó el arma con ambas manos con una técnica poco usual.

—Todos en el piso. Si alguno quiere ser el héroe de la tarde, le meto un balazo en la cabeza, hijueputas. Rápido, la plata en los maletines.

Una de las funcionarias caminó hacia la caja fuerte y digitó una clave. Al cabo de cinco minutos, los maletines estaban llenos de fajos de billetes de cincuenta mil pesos.

Cuando la cajera regresó a su puesto, el guardia de seguridad llevó la mano derecha hacia el estuche de su arma, la desenfundó y le apuntó a Jairo en la cabeza.

Un disparó ensordeció el ambiente.

Arbey volvió su rostro. Agarró el maletín con los billetes y corrió hacia la salida. La sangre se esparció en el suelo y la alarma del banco sonó. Jairo le había disparado al guardia en el pecho.

—¡Vámonos, marica! —gritó Arbey. Su compañero estaba en shock.

Ambos salieron del banco y se subieron al Renault. Cuando Arbey introdujo la llave, pisó el acelerador y tomó la ruta de la carrera cuarta en dirección a la antigua vía Cali-Yumbo.

La lluvia se volvió incesante. En el interior del carro, los dos hombres permanecían en un silencio sepulcral. A Jairo le temblaban las manos. Tenía los maletines con los billetes en sus pies, el arma empuñada y el pasamontaña ocultándole el pálido rostro. ¿Qué estaría haciendo Deisy y el pequeño Carlos en ese momento? Llegó a pensar que quizá su mujer lo había ido a entregar con las autoridades. Imaginó que iba con Carlitos cogido del brazo, la mirada perdida en el horizonte sin tener certeza de lo que le deparaba el futuro, bajando la loma en dirección a la estación de Policía para entregar a un hombre que ya no era su marido.

«¿Me irá a entregar esta mujer?», se preguntó.

Daba igual. En todo caso, estaba devastado por asesinar a un inocente. Un proverbio se le vino a la mente: «El que anda en integridad anda seguro, más el que pervierte sus caminos será descubierto». Sentía que en cualquier momento iba a ser descubierto, que los maletines que tenía entre las piernas no podrían alejarlo de sus propios demonios, así intentara huir del crimen. Recordó a su madre, cargando sobre sus hombros el peso de un matrimonio fracasado, la sesgada fe puesta en un Dios invisible, el intento de sacar a su familia adelante, las noches oscuras en las que se arrodillaba a llorar frente a la cama, la soga que ató una mañana de abril del 93, luego de despachar a su esposo y a su hijo, la carta que escribió y que el joven Jairo no pudo leer nunca porque su padre la quemó en el acto.

Iban ahora por la antigua vía Cali-Yumbo, cerca de una planta de distribución de energía eléctrica. Arbey encendió la emisora y sintonizó Yumbo Estéreo, quería pescar alguna noticia sobre el robo. En ese momento sonaba la canción Ya llega la pachanga de Joe Quijano.

—En los maletines hay como ciento veinte millones —dijo Arbey.

Jairo permaneció mudo. Guardó la pistola en el bolso y se limitó a observar la carretera.

—¿Qué vas a hacer con esa plata, Jairo?

—Por ahora, lo único que sé es que no pienso volver a Yumbo. Ya tengo un muerto en ese pueblo.

—Yo me voy para Armenia, a la tierra de mis padres.

Jairo movía su muslo derecho, nervioso.

—Te veo como tenso. Relajáte hombre. Esos manes que trabajaron conmigo en la Policía nos van a dar tiempo.

Una voz masculina interrumpió la programación de la estación de radio. «Atención oyentes de Yumbo Estéreo, acaban de reportar un robo en el Banco Central. Según información de testigos y de la Policía Nacional, dos hombres encapuchados entraron al lugar y le dispararon al guardia de seguridad. Los presuntos asesinos se habrían robado una cuantiosa suma de dinero. El guardia, identificado como Carlos Mina, murió minutos después en el lugar de los hechos. Las autoridades están tras la captura de los sospechosos, quienes viajarían en un Renault modelo antiguo. Seguiremos informándoles sobre el avance de esta y otras noticias.»

—¡Le dije que era mala idea! Hay un muerto de por medio.

—Cuando lleguemos a la vía a Dapa vamos a actuar como si nada hubiera pasado. En el pueblo nos espera el pelao que le comenté. El hombre nos tiene otro carro. Le dejamos la parte del dinero que le toca, nos cambiamos de ropa y bajamos como si nada, ¿listo?

—¿Que me relaje? Vos sabés que en la vía a Dapa hay controles de la Policía. No seás marica, Arbey. No sé cómo te seguí la corriente.

—¡Vos fuiste el que mataste al guardia! Si hubieras sido más inteligente no estarían persiguiéndonos por asesinato.

—¡Iba a sacar el arma, guevón! ¿Qué querías?, ¿que nos pegaran un tiro? Ahora hay que pensar qué vamos a hacer si nos paran en ese retén. Seguro ya dieron aviso.

En ese momento se escuchó un estallido en la parte trasera del carro. La velocidad del Renault se redujo.

—No sea hijueputa —dijo Arbey.

—¿Qué pasó?

—Nos pinchamos… ¡Puta vida!

Arbey detuvo el carro y ambos se bajaron del vehículo. Uno de los neumáticos estaba roto. Arbey se llevó las dos manos a la cabeza y dio dos pasos al costado.

—¿Y la llanta de repuesto?

—No tiene.

4

La escaza luz de la tarde se ocultó tras las montañas. A un costado de la carretera se había formado una breve corriente de agua que provenía de una casa. Sin otra salida, los hombres decidieron aguardar en ella.

—Llevemos ese traste hasta allá —indicó Arbey.

Jairo se acercó a las rejas y removió una cadena de eslabones metálicos. Un camino de arenilla y rocas se extendía desde la entrada. El lote estaba ubicado al pie de la carretera y se extendía varios metros hasta las montañas. Se trataba de una casa de corredores amplios, paredes de concreto y puertas de madera color verde. A un costado de la casa, resaltaba un amplio patio con sillas y una mesa de madera de unos seis u ocho puestos. En el antejardín había una huerta, árboles pequeños y hortalizas, la mayoría de ellas secas. El deteriorado estado del lugar les hizo considerar la posibilidad de que la casa estaba abandonada.

Con la ayuda de Jairo, Arbey empujó el carro hasta que quedó oculto detrás de la casa. Tomó los maletines con el dinero y caminó hasta la puerta. Luego sacó la pistola y le hizo una seña a su compañero.

—Tocá.

Jairo golpeó dos veces. El interior de la casa permaneció en penumbra.

—Aquí no hay nadie…

Arbey tanteó el vidrio de la ventana con su puño derecho. Lo rompió con el codo, estiró la mano hacia la cerradura de la puerta y la abrió.

Con la pistola levantada a la altura del rostro, el veterano expolicía se asomó más allá del umbral. Jairo le siguió el paso y, una vez adentro, cerró la puerta.

En la sala había una silla mecedora momposina ubicada frente a un televisor. Sobre las repisas se erguían retratos con fotografías en sepia, recipientes de porcelana y un altar de velas blancas con una estatuilla de la virgen María. El motor de la nevera vibraba débilmente. Sin duda la casa era habitada por alguien.

—Nos tenemos que quedar aquí hasta que la vuelta se calme —dijo Arbey, digitando en la pantalla de su celular con ambos pulgares.

Jairo actuó como si no hubiera escuchado palabra alguna. Desplazó la silla mecedora hacia un rincón de la sala y se sentó. Se dijo a sí mismo que lo más inteligente sería aceptar la situación. A fin de cuentas, Arbey tenía razón: aquél no era su campo de experticia y eran prófugos de la justicia.

Su rostro estaba empalidecido. No había comido nada más que una porción de pan y un vaso de agua de panela antes de salir de su casa. Sintió sed y la cabeza le daba vueltas. Sus movimientos eran lentos y prefería no hablar. Sin desearlo, a su mente llegaron las imágenes del robo. Letreros. Cuentas de cobro. Sillas. Celulares. Bolsos. Rostros sencillos. La placa de una agencia de seguridad. Una pistola. El disparo. La sangre derramada en el suelo. Aunque trataba de pensar en otra cosa, el color de la sangre se había impreso en sus ojos como un papel fotográfico.

«Cualquiera que agreda y mate a otra persona será ejecutado», recordó la cita de Éxodo. «Pero si solo fue un accidente permitido por Dios, se designará un lugar de refugio adonde el responsable de la muerte podrá huir para ponerse a salvo».

Jairo sabía que no se trató de un accidente y menos uno permitido por Dios. Ahora que su vida era negrura, se daba cuenta de lo hondo que había caído en ella, en el secreto y vengativo desengaño de todo y el disgusto de sí mismo.

No se atrevió a mirarse a sí mismo en el reflejo de un espejo de pared. La noche anterior, en su casa, mientras se mojaba el rostro en el cuarto de baño, logró mirarse sin remordimiento, sin ver en él la cara de un impostor, un pecador devorado por los deseos ilícitos, el pobre mecánico arrastrado por los chantajes de un ex miembro de la Policía, aquellos que ahora mismo, probablemente, lo estaban esperando en algún tramo de la carretera para capturarlo.

Arrinconado en su inutilidad, decía, como Job: «No tengo paz ni tranquilidad; no tengo descanso; solo me vienen dificultades». Pero lo que realmente le pesaba era la sospecha del abandono. Qué podía decirle él a su mujer cuando se encontraran de nuevo. Lo más seguro es que ella le diría que era un asesino y que no podía verlo nunca más.

El rumor de un carro se escuchó desde la sala de la casa. Los hombres se ubicaron detrás de la ventana. El vehículo redujo la velocidad conforme se acercaba al portón de la casa. Permaneció allí durante dos largos minutos. Luego, una persona de mediana estatura se bajó y caminó hacia las rejas metálicas, abriéndolas de un empujón.

Las farolas blancas del carro iluminaron la fachada de la casa. Un tipo de avanzada edad descendió de un campero y caminó con rapidez para evitar la lluvia. Introdujo la llave en la chapa y la giró con fuerza. Al cruzar el umbral, Arbey le puso el arma en las costillas.

—Calláte viejo marica. Estamos de paso, no te hagás matar.

—Bajá el arma, Arbey, ya con uno fue suficiente.

El anciano se encogió de hombros.

—Ustedes son los que asaltaron el banco esta tarde, ¿verdad? —dijo el anciano.

—Hay que matar a este cucho —gruñó Arbey.

—Que bajés la hijueputa pistola.

—¡Ya nos vio la cara!

—Es un hijueputa anciano. Dejálo en paz.

El anciano miró a los dos hombres sin parpadear. Arbey hizo una mueca y tras una mirada fulminante a Jairo, bajó el arma.

—Vámonos, ya tenemos carro.

Jairo miró al viejo y, dirigiéndose a la puerta, le dijo:

—Perdón por el inconveniente.

Entonces escuchó un fuerte estallido. Un estruendo semejante al de un trueno. La silueta de Arbey, proyectada contra las luces blancas del campero, cayó al suelo. En ese momento Jairo vio a una mujer de pelo cenizo empuñar una escopeta. Se escuchó el chasquido del tambor y de nuevo un estallido.

Jairo sintió el vacío de su propio cuerpo desplomándose, el sabor de la sangre inundándole la boca, las gotas de lluvia golpeando la tierra, el ronroneo del motor del carro en el que iba a huir para encontrarse con Deisy, la sonrisa diáfana de una mujer que ya no era suya, mirándolo desde el rincón de la cama, la habitación en penumbras en donde por última vez escuchó su voz.

5

El reloj sonó a las cuatro de la mañana. Jairo se quitó las sabanas de encima y se puso de pie. Tenía insomnio y estaba sediento. Escuchó una voz que provenía del pasillo.

—Estuve pensando mejor las cosas y… estoy segura que debe haber otra forma.

Jairo se asomó por la ventana de la habitación. Las calles estaban solitarias y se percibía un aire fresco que provenía de los cerros.

—Sí —dijo para sí mismo—. Debe haber otra forma.

Este cuento hace parte de una colección de obras del autor y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

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