La mística de la feminidad | Cuento

Entré al bar y caminé hacia el mismo sillón de lona que me esperaba cada noche, a la brisa y a la sombra. Amy, como solían llamarle a la camarera, me entregó un capuchino de vainilla. Fue un viernes de diciembre de 1970. La lluvia desembocó hasta la media noche.

Tomé mi maletín de cuero cobrizo y puse un libro sobre la mesa —El espía que surgió del frio—, una pluma negra y un deteriorado periódico del primero de septiembre; aún me espantaba la muerte de François Mauriac.

Leer sobre un espía ingles que realiza una operación en contra del contraespionaje de Alemania Oriental fue, para librarme del fantasma de la desesperación, una aventura que no podía darme el lujo de aplazar. Sobre todo, aquella noche, cuándo sentía que mi vida no había pisado aún el mismísimo infierno en carne propia. Siempre soñé con pertenecer al mundo del espionaje y, claro, corría 1970 y los más jóvenes parecían tomar el mando con protestas y exigencias. Era un año oportuno para hacer emerger mis más recónditos deseos de revolución, sin embargo, mi cabello senil marcaba la hora de retirada.

Observe, desde el rincón de mi mesa, un amplio recinto en el que decenas de jóvenes parejas se apretujaban en medio de la pista al ritmo del twist.

Sonreí, recordando mis mejores épocas, y me sumergí entre las páginas del libro. Lo que más me intrigaba de la novela era su protagonista, un espía llamado Alec Leamas, un tipo despreciable, sin afecto natural y a quien le importaba más el honor que el amor.

La fuerza de una novela reside en su capacidad de expresar, mediante una historia, el drama cotidiano de toda una sociedad. Y yo no era la excepción, aquella noche lo único relevante para mí yacía a unos kilómetros de distancia: Hudson Corporation.

—Te vendría bien hablar con una mujer y dejarte de lecturas de joven universitario —me dijo Amy.

—Estoy fuera.

—¡Por favor! Mira el lugar. Necesitas salir de la rutina.

Tras el comentario, se apartó, desfilando entre las mesas con una bandeja de whiskys.

Bebí el capuchino de un golpe y, cuando me disponía a continuar con la lectura, la puerta del café se abrió. Era una mujer de piel trigueña y silueta esbelta. Se sentó en una mesa a pocos metros de distancia. Llevaba puesto un elegante vestido hasta las rodillas, color rojo y un bolso negro de cuero liso que hacía juego con su ensortijado cabello matiz canela.

Amy se acercó a mi mesa y recogió la tasa. Antes de marcharse, me atreví a pedirle algo.

—La mujer del vestido rojo, dile que yo invito esta noche.

Amy me observó con ojos cómplices, levantó una ceja y esbozó una sonrisa.

Esperé paciente la reacción de la mujer. No quería que notara mi interés, así que tomé mis cartapacios y fingí estar ocupado. Amy le entregó la orden y le dijo algo al oído. La mujer hizo una mueca, extrañada, y dirigió su rostro hacia mí. Buscó en su bolso un bolígrafo y escribió en una servilleta. Luego le entregó la breve nota a la camarera.

Amy se acercó.

—Te conseguí esto —dijo, y dejó la servilleta sobre la mesa.

Observé de nuevo a la mujer, esta vez tomó un libro de su cartera y lo puso sobre la mesa. Intrigado, leí la servilleta.

«Gracias, pero tengo suficiente dinero pagar mi cuenta».

La música twist terminó y las contagiosas risas de los jóvenes que bailaban en la pista fueron apagándose. El equipo estéreo del otro recinto cambió a una balada que motivó a las parejas a moverse lento por la pista de baile. Era Frank Sinatra y su canción In The Wee Small Hours of the Morning.

El sueño de lectura y café en una fría noche de invierno se había hecho realidad, pero ¿qué importaba la lectura cuando se tenía en frente la posibilidad de una aventura?

Sólo deseaba conocer a aquella mujer. Aproveché el momento y la abordé.

—Perdone, no pude evitar verla entrar por esa puerta.

La mujer me observó de pies a cabeza.

—No me he presentado —proseguí—. Joseph Hudson.

—Hudson… —dijo, como si hubiera recordado algo—. ¿Acaso no eres el engreído empresario del edificio de la esquina?

—El mismo —le respondí, asombrado de su valía.

—Ingrid Bidault.

—¿De Francia?

—Colombia. El apellido es de mi abuelo.

—Debí suponerlo, por el acento.

Fue difícil hacer el primer contacto, aun así, estaba empeñado en sacarle unas palabras.

—Le confieso que me ha intrigado, señorita Bidault, por lo de engreído —le dije, mientras contemplaba con discreción la belleza de las mujeres colombianas.

—Bueno, eso dicen los medios. Ya sabe, nunca se quedan callados. He escuchado comentarios sobre usted, suele existir la idea de que los hombres adinerados ven el sueño de toda mujer cumplirse cuando se topan con un ricachón.

Observé el libro que había puesto sobre la mesa. Era de pasta azul, con una rosa blanca en la portada y un título espantoso: La mística de la feminidad.

—No. No es así —respondí—. Algunos hombres sólo quieren mostrar un camino más satisfactorio para las mujeres.

—¿Satisfactorio? —interrumpió—. Qué palabrita. ¿Alcanzando sus egoístas objetivos mientras la mujer vive a su sombra?

—Mostrándoles un camino; realización personal, estabilidad económica, ya sabe.

—Cómo que realización personal —se detuvo y bajó el volumen de su voz—. ¿Qué es realización personal para un hombre como usted?

Visualicé la portada de mi libro de espionaje, la respuesta a su pregunta estaba ahí. Pero ¿qué pensaría de un empresario frustrado que leía novelas de espionaje y crímenes para llenar sus vacíos?

—Para mí, realización es sinónimo de trascendencia. Una nación es tan grande como los ideales de los hombres que la gobiernan.

La mujer quitó su mirada de mi rostro y bebió su capuchino. Un silencio recorrió lugar.

—Me encantaría saber qué es realización para una mujer como usted —dije al fin.

 —Una palabra: autonomía. Bueno, esa ha sido la cúspide de las luchas sociales para grandes mujeres en la historia.

—Sí, sí, por supuesto —dije en tono de burla.

—Verá, señor Hudson, la mujer ha conquistado el derecho al voto, a la educación y al empleo, pero es paradójico que aún viva sin independencia económica y autonomía, ¿no cree?

—¿Por qué lo dice?

—Puede verlo con sus propios ojos. Imagine por un momento la siguiente escena. Una mujer está sentada en un café, desea disfrutar un momento a solas. De repente, se le aparece un extraño, con un reloj Patek Philppe y un traje de ejecutivo y ofrece pagar la cuenta, creyendo que eso es realización para ella. Ridículo, ¿verdad?

Recosté mi espalda sobre el sillón y recordé el sorpresivo golpe relámpago de Muhammad Ali al gigante Sonny Liston en el sesenta y cuatro.

Sacudí mi saco de un golpe, crucé las manos y la observé fijamente. Era una mujer de unos veintiocho años. Eso supuse. Nunca reveló su edad. Traía un collar bañado en oro blanco con una joya de diamantes ajustado en su delicado cuello, lo que de inmediato me convenció de su posición social. «Debe haber un hombre tras ella», pensé.

—Ya no se puede negar esa voz que en el interior de la mujer dice: yo quiero algo más que un marido, hijos y una casa.

—La felicidad de una mujer no consiste en alcanzar el éxito a costillas de un hombre. Esa es una gran mentira que han comido en plato de oro muchas mujeres. Pero entiendo que muchas piensen así, después de todo, es más fácil vivir a través de otra persona que ser completamente tú misma.

—Yo creo que el gran logro de la mujer, en toda la historia de la humanidad, ha sido hacerse cargo de su hogar, la célula con la que sostiene todo el edificio del capitalismo. —dije—. Bueno, eso dicen los medios, ¿no es así?

Frunció el ceño.

—Lo he oído muchas veces. Pero, a decir verdad, el peor enemigo de una mujer es su abnegación.

En ese instante, recordé a Alec Leamas. Era un buen espía, un profesional, y sabía que el doble juego, o triple, formaba parte de las reglas. Sin embargo, a medida que se adentra en la trama, va comprendiendo que aquél no es su juego, que no encarna el papel de un héroe en busca de rehabilitación sino el de un pobre peón caído en desgracia que está siendo manipulado en algo más sucio y arriesgado de lo que nunca hubiera estado dispuesto a asumir. El espionaje no sólo le consumió sus últimas fuerzas, sino que desgastó su vida por completo, a tal punto de dejarlo completamente sólo.

La soledad es y siempre ha sido la experiencia central e inevitable de todo hombre. A eso se reducía el palacio de riquezas que yo había construido, a un hombre sólo, como Leamas. Y hasta ese momento pude reconocerlo.

—Quisiera confesarle algo —le dije—. He comprobado que en este mundo de crímenes, injusticias y malos gobiernos casi nada puede aterrarme. Pero hay una cosa, una sola cosa en este mundo a lo que más le teme un hombre, por mucho dinero que posea: la soledad que viene acompañada de todo éxito.

Ella clavó sus ojos en mi rostro.

—Debe ser aterrador llegar a casa y no tener a alguien que se encargue de atenderle como se merece, señor Hudson —dijo con ironía—. Al fin y al cabo, ese es el destino de las mujeres de este siglo, ¿no?

—Ese no parece ser su destino.

—Como le dije, la mujer es dueña de su propio destino.

—La envidia del pene.

Al escuchar la frase, levantó una ceja y recostó su espalda en el sillón, sin lugar a duda supo a qué me refería.

Contemplamos cómo la lluvia cesaba de a poco. Aquella noche sonaría una última balada, esta vez de Nat King Cole: Pretend.

—No, señor Hudson, la mujer no siente una conciencia de inferioridad. No por estos días. Y tampoco envidiamos el éxito de un hombre, lo que usted llama la envidia del pene. Pero sí tenemos un gran secreto entre los pechos y la falda: la seducción ha sido el narcótico de las mujeres, como la religión el de la sociedad. Mientras nosotras nos hacíamos maestras en el arte de la persuasión, los hombres gobernaban. Hoy podemos hacer ambas cosas. Me pregunto, ¿de quién es la envidia?

El reloj marcó la media noche y la lluvia detuvo su cauce. El lugar fue asolado lentamente y mi ego se atrevió a hacer una pregunta más.

—¿Por qué lee La mística de la feminidad? Es una obra polémica por estas fechas.

—Larga historia, Hudson.

—¿Tiene prisa?

—¿Por qué quiere saberlo?

—Al parecer, un libro es lo único que usted y yo tenemos en común.

—Mi madre, luego de vivir abrumada durante muchos años por el machismo de mi padre, dijo, mientras le abrazaba en el hospital, si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener? Murió de un trauma cerebral esa misma noche, luego de un golpe que le dio papá mientras intentaba asesinarla. Desde ese momento me prometí a mí misma que sería dueña de mi propio destino, que no viviría bajo la sombra de un hombre. Eso concluye Betty Friedan en este libro —puso el dedo índice sobre la portada, como un pisapapeles—. Cuando la mujer hacía las camas, la compra, ajustaba las fundas de los muebles, comía sándwiches de crema de cacahuete con sus hijos y se acostaba junto a su marido por las noches, le daba miedo hacer, incluso hacerse a sí misma, la pregunta nunca pronunciada: ¿es esto todo? Pero una mujer debe poder decir, y esto sin sentirse culpable, ¿quién soy y qué quiero de la vida?

Mi mente divagó unas horas más en la silenciosa la noche, en el mismo sillón de lona que me esperaba cada viernes. Agitado entre ríos de emociones, leí una nota que dejó sobre la mesa antes de marcharse.

Nos veremos de nuevo.

Ingrid Bidault, directora ejecutiva,
Bidault Company.

Salí del café y conduje hasta mi casa. No dejé de pensar en ella toda la noche y ha así seguiría siendo hasta que, una tarde, varios años después, descubrí los secretos de esa misteriosa mujer en un kiosco de periódicos, en el centro de la ciudad.

En la portada de una revista de negocios estaba su figura esbelta envuelta en un vestido rojo. «Las 10 mujeres más influyentes de este tiempo», decía el título. Sin dudarlo, compre un ejemplar, quería conocer quién era en realidad.

Tomé la revista como si se tratara de la mejor novela de espionaje. Pasé las páginas hasta llegar al artículo principal de la edición; el título: “Ingrid Bidault, la ejecutiva colombiana que llegó a la cima de los negocios de norteamericanos”.

En el perfil periodístico no sólo descubrí que su imperio económico se había construido sobre la base de defender a mujeres latinas víctimas de feminicidio, sino también que estaba casada con una mujer desde hacía un par de años y se había convertido en la figura de los derechos de las comunidades homosexuales para Latinoamérica, ardua tarea en esa época.

En ese momento, sólo una idea se me hizo clara: la mujer y el libro que han de influir en una vida, llegan a las manos sin buscarlos.

Este cuento hace parte de una colección de obras del autor y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

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